El Emperador Carlos en Olías la Mayor

carlos

(…) Era un martes de abril, en concreto habían pasado veinticinco días del mes, y un temporal había dejado mucha lluvia en nuestro pueblo, quizás demasiada. Como cronista de Olías, me encargaron que acudiera a recibir al rey Carlos en el palacio que los Alba tenían en la localidad. Los caminos estaban embarrados pero parecía que el cielo había dado un respiro a la llegada del Emperador a Olias la Mayor. Sin embargo, nada enturbiaba mis recuerdos, aún recordaba cuando su madre me dirigió unos minutos en aquella noche de verano de 1502, yo apenas contaba con veinte años, ella tenía algunos más. Aquélla noche era la primera vez que veía juntos a los futuros reyes, a los que todos llamarían “la loca” y “el hermoso”, y la primera vez que asistía en Olías a una recepción de tal magnitud.

Todas estas cosas revoloteaban en mi cabeza mientras esperaba a conocer a su hijo. Habían pasado más de dos décadas y nuestro pequeño pueblo volvía a hospedar a un miembro de la familia real, otro Habsburgo andando por sus calles. Pero, en esta ocasión, era el Emperador.

El palacio de los Alba era donde solían pernoctar las personalidades más destacadas que llegaban a la localidad, y allí estaba todo preparado. Debíamos agasajarle de la mejor manera, no obstante, venía de pasar la Semana Santa en Guadalupe y le esperaba un largo periodo en la ciudad del Tajo resolviendo asuntos de Estado que a nosotros se nos escapaban. Nos habían llegado noticias de la victoria en Pavía, motivo por el cual el rey se encontraba en Guadalupe dando gracias a la Virgen por su intercesión. También llegó a nuestros oídos el séquito que arrastraba, donde era acompañado de su hermana Leonor, infanta de Castilla y viuda del rey de Portugal.

¡Ya llega su majestad!. – comentó uno de mis acompañantes.

         La voz de Diego y un sonoro relincho me devolvieron a la realidad. Tan absorto me encontraba en mis pensamientos que no me di cuenta que llevaba sin hablar con mis acompañantes cerca de treinta minutos. El color plomizo del cielo contrastaba con el de un imponente carruaje negro con bordes rojizos junto con otros tantos que se asemejaban a una tremenda lengua de fuego. Al llegar a nuestra altura, se abrió la puerta, mis ojos se clavaron en un hombre alto y corpulento. Sus vestiduras, completamente negras de cuello hacia abajo, imponían sobre el gris del día. Me llamó la atención su rostro duro, de ojos penetrantes, donde la espesa barba castaña cubría un gran mentón saliente.

¡Majestad, que grata es su llegada a esta humilde casa! –, dijo uno de los criados del Duque de Alba, mientras le ofrecía una copa de vino que portaba en una bandeja de hierro tallado. El rey solo asintió con la cabeza, tomó con sus manos enguantadas la copa y dio un sorbo de manera delicada.

Su majestad permanecerá aquí durante tres días, ¿está preparado todo para su estancia?-, exhaló uno de sus acompañantes con muy malas formas.

Por supuesto señor, todo ha sido cuidado con sumo gusto y acorde a su excelencia-, dejó claro Diego Luján, gran amigo de mi padre y quien también preparara años atrás la llegada de Juana y Felipe.

Ese día y los siguientes dos, veintiséis y veintisiete de abril de 1525, pasó el Emperador descansando en Olías hasta su partida a Toledo. Sin ningún fasto y recibiendo misa diaria frente a un altar que siempre llevaba consigo (…)

 Blas Vázquez. Cronista Virtual de la Villa de Olías. Historia narrada por Guiarte Toledo a partir de la estancia del Emperador Carlos en la población en Abril de 1525.